Primera parte: Eficacia ante la presión
Durante los primeros 20 minutos, el Leipzig fue superior en posesión. Patrik Schick tuvo una ocasión clarísima tras un error en la entrega de Orban , pero Vandevoordt demostró por qué sigue siendo el guardián de este equipo con una estirada prodigiosa.
Esa parada fue el punto de inflexión. El Leverkusen empezó a encontrar a Alejandro Grimaldo por la banda izquierda, quien se convirtió en un puñal constante. En el minuto 25, una triangulación perfecta entre Palacios y Tella permitió que Patrik Schick recibiera dentro del área; el checo, con un control orientado de espaldas, se giró y fusiló la red. El 1-0 no solo subió al marcador, sino que cambió el guion del partido, obligando al Leipzig a estirarse y dejar huecos que el Leverkusen castigó con una contra letal al filo del descanso culminada por Nathan Tella.

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Segunda parte: El festival de Schick
Tras el paso por vestuarios, Ole Werner movió el banquillo dando entrada a Brajan Gruda para buscar más presencia física, pero el Leverkusen leyó el partido a la perfección. Se replegaron con orden, formando un bloque bajo impenetrable, y esperaron su momento.
El tercer gol fue una obra de arte colectiva. Fueron 14 pases consecutivos antes de que el balón llegara a los pies de Schick, quien con una calma impropia de la tensión del duelo, batió por bajo a Vandevoordt en el 76′.
Aunque el gol de Baumgartner en el 80′ (un cabezazo impecable tras un córner) puso algo de nerviosismo en la grada, el Leverkusen no se descompuso. La entrada de Florian Wirtz en los minutos finales terminó de desquiciar a la defensa visitante. En el 89′, con un Leipzig volcado arriba, un contragolpe conducido por Grimaldo terminó en las botas de Schick, quien con un toque sutil por encima del portero firmó su hat-trick y desató la locura en la BayArena.

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